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Archivo de 'Ciencias'

Del Discurso de la Normalidad al Discurso de la Complejidad

June 29, 2008 | Escrito por » Dante R. Salatino

Las reglas canónicas de nuestro discurso, por estar basadas en la nominación y en la identificación, imponen una rigidez palmaria al significado que le damos al mundo, cuando nos comunicamos en el día a día. Para poner en evidencia de que esto es así, basta y sobra con que reflexionemos brevemente en cómo “construimos” ese mundo en nuestro discurso. Nombramos los seres y las cosas para, clasificándolos, establecer sus relaciones y así ordenar lo que percibimos, pensamos y decimos. Esto y muy poco más es lo que nos deja hacer la ortodoxia lógica, fundamentalmente en nuestras lenguas indo-europeas llevadas hasta el hartazgo, durante el medioevo, por los caminos de la identidad escolástica, de la pecaminosa contradicción, y del siniestro tertium non datur (‘una tercera (cosa) no se da’) que supo de la normalización por Leibniz. (recordar que las lenguas indo-europeas incluyen 150 idiomas hablados por casi la mitad de la población mundial).

Es verdad que este ‘binarismo’ radical ha dado sus frutos y la confianza despertada en sus usuarios, le ha permitido gozar hasta hoy, de muy buena salud. Pero el costo de este ‘beneficio’ se me antoja en extremo oneroso, al tener que lidiar con una univocidad y homogeinización inextricables.

La falsa transparencia de los significados impuestos por el uso, no pueden evitar ‘colorear’ la realidad y de esta manera nos hemos ido alejando paulatinamente de lo complejo del mundo, por identificarlo con lo indiferente de lo unívoco, la ignorancia contradictoria y el desconocimiento de la mediación. En otras palabras, nos hemos alejado, y mucho, de lo ‘vivo’ de la realidad.

Nuestro discurso no ‘sabe’ nada sobre la complejidad del mundo, y nos dice prácticamente poco sobre él. Que todo ‘sea o no sea’ no puede ser una explicación coherente de por ejemplo: por qué la vida genera más vida, y por qué esa nueva vida, sin proponérselo, comienza su ‘decir’. Es evidente que todo es mucho más complejo que un simple dilema shakesperiano.

Hay quienes aventuran algunos indicios en el mero lenguaje discursivo que, transgrediendo las normas expresivas, ponen en evidencia una capacidad lingüística potencial para mostrar la verdadera realidad o por lo menos una mejor aproximación a ella. Me refiero al uso de antónimos o de paradojas que al ser sublimados, entre otros por el oxímoron, permiten expresar las más extravagantes antinomias mundanas.

Sinceramente creo que un oxímoron ‘no hace verano’. Es un hábil maquillaje de la retórica para que una expresión aparezca como una supuesta transgresión pero en el fondo nada cambia. Hasta los grandes escritores lo anuncian antes de usarlo (en el Aleph de Borges, por ejemplo: “Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada; había en su andar (si el oxímoron es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis”).

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¿Por qué no hablan los monos?

June 22, 2008 | Escrito por » Dante R. Salatino

Desde que Darwin nos diera ‘letra’ para la metáfora, consideramos la vida como una larga cadena (la evolución) en cuyo último eslabón nos ubicamos; mientras que el primero, permanece aun sumido en las frías tinieblas de un profundo abismo. Esta pintoresca figura, que podría trocarse por la de un árbol si quisiéramos ser más técnicos, nos permite tener una visión del conjunto (disjunto) que llamamos ‘vida’.

Esta cadena a la que aludíamos, no se encuentra erguida sin ningún sustento sino que pende de la base de un trono, al cual nos hemos encaramado para, y oficiando de semidioses (o dioses ‘dedicación exclusiva’), contemplar todas las otras formas (‘inferiores’) de vida que nos acompañan en este viaje metafórico.

¿Qué fue lo que pasó? O mejor: ¿De qué dependió que solo uno de los ‘viajeros’ anticipara el final del viaje? Simplemente lo que pasó es que el ‘dios’ (el dueño) de esa cadena (de la evolución): HABLA.

Esto último que en apariencia le da ‘carne’ a la metáfora ¿es realmente la causa eficiente de tal supremacía? ¿No sería posible que nuestro lenguaje sea nada más que una expresión emergente de otra sutil y más básica diferencia? Esta última pregunta tiene varias respuestas positivas espontáneas que seguro ya se le han ocurrido a usted mientras la termina de leer: la genética, la anatomía del aparato fonador, la sociedad humana, la cultura forjada en tal sociedad, la inteligencia, etc., etc.

¿Y si le dijera que es posible que nada de lo dicho anteriormente haga a la verdadera diferencia?

Sin entrar en sesudas disquisiciones lingüísticas vamos a dejar claro, qué entendemos por lenguaje.

Según se lo enfoca en estas líneas el lenguaje es una herramienta; un organón utilitario que permite comunicarse. ¿Comunicarse para qué? ¡Comunicarse para sobrevivir! Por tanto aquí, poseer el manejo de un lenguaje y expresarse a través del habla, no son sinónimos.

Planteadas así las cosas, todo ser vivo posee un lenguaje; la vida es un lenguaje; un lenguaje universal que marchando al unísono con toda la realidad que lo acompaña, permite que una diversidad infinita, de la que el hombre es una pequeña ‘irregularidad’, se exprese.

Volviendo a la metáfora que nos permitiera Darwin, vemos que la hemos transformado en un cuento digno de Carroll en donde, la irrealidad de los personajes no hace a la trama, sino todo lo contrario. Quiero decir que suena más a ‘literatura del absurdo’ que a tratamiento científico, la cuestión del lenguaje, cuando se pretende explicar que esta ‘bendición’ que nos hace humanos, tiene sus orígenes en nuestros ancestros. Esto da pie para que aparezcan cosas como éstas: “Ciertos primates usan en su comunicación manos y pies de manera más flexible que la expresión facial y la vocalización, lo que respalda la teoría de que el lenguaje humano comenzó con gestos “ ( Proceedings of the National Academy of Sciences ).

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