Crónica de un viaje por lo imposible

October 21, 2008 | Escrito por » Dante R. Salatino

Hace algunos días en horas de la tarde, caminando por una calle del barrio, con los rayos del sol languideciendo entre las verdes hojas de los paraísos, meditaba mientras percibía aquel cotidiano y renovado entorno. Cosa curiosa – pensé – que nuestros sentidos nos prodiguen tanta verdad y a la vez nos mientan tanto!.

Sin quererlo (aunque consciente de ello) llegué al mismo callejón sin salida (aparente) que casi me obsesiona desde hace un tiempo (no sé cuánto!); obsesión que me empuja a visitarlo muy a menudo. Me encontraba allí como tantas veces, pero al mismo tiempo, permanecía todavía parado frente a la puerta de casa, llaves en mano y a punto de entrar.

¿Es posible esta simultaneidad? Es más, ¿es posible la simultaneidad?

Si le preguntáramos a Einstein y si no estamos siendo víctimas de alguna alucinación o algo parecido, la respuesta a esta pregunta es NO.

El mismo Einstein, seguramente, alguna vez se cuestionó si todo esto surgido de nuestras percepciones sensoriales representa una acabada descripción de la realidad. ¿Está el mundo real allende nuestros sentidos? Cuando la luz del sol desaparece y la plácida tarde de barrio es alcanzada por la noche, el verde de las hojas de los paraísos ¿sigue siendo verde?

El hombre más allá de ser un animal racional, arrastra ancestralmente la tendencia natural a responder a los avatares de la carne. Son los sentidos los que le proporcionan básicamente las nociones concretas de lo que su entorno aparentemente es; nociones que por universales son aceptadas como verdaderas.

La información provista por los sentidos (suponiendo que sea correcto llamar así a este flujo de datos) permite que nuestro cerebro elabore (interprete) una serie de ondas a las que llamamos en este caso luz y que nos hace aprender, entre otras cosas, lo que es el color. Otros seres vivos comparten con nosotros esta capacidad, entre otras, de percibir ondas y en varios casos las perciben en rangos que exceden (en más o en menos) a los nuestros. Esta evidente falla, si bien alcanza para describirnos algunos aspectos reales (el color por ejemplo), puede perfectamente engañarnos, al menos, en cuanto al tiempo y al espacio se refiere, ya sea que consideremos la tridimensión, las velocidades, la dirección de determinado fenómeno, etc.

La fe ciega en nuestros sentidos nos hace caracterizar a los objetos de nuestra realidad inmediata como dotados de un determinado tamaño, animados por una velocidad dada y de otras tantas características similares pero no nos deja advertir que todo este bagaje real, solo tiene validez relativa. ¿Relativa a qué? Relativa a lo local; a un marco de referencia dado. Este no darse cuenta y considerar sin más, como reales, nuestras percepciones sensoriales es algo extendido a todo lo que ‘conocemos’ de primera mano de nuestro universo. Tan poderoso influjo trasciende nuestra mera acción y se cuela aun en nuestro lenguaje en donde un mismo término puede significar cosas distintas dependiendo del contexto. Considerando seriamente nuestro pensar como actividad (sin disquisición filosófica mediante) quizás sea posible hacer manifiesto lo que oculta esa eterna estrechez de nuestros sentidos que también comparten nuestras palabras.

Hablar del pensar podría ser como relatar un viaje. Se puede establecer una cronología determinada y además se puede describir a determinados actores o protagonistas de tal periplo. Solo tenemos que tener la precaución de no caer en ambigüedades que fácilmente nos permite nuestro lenguaje ya que estamos tratando de describir un supuesto infinito con medios finitos.

Como protagonista principal de este viaje tan particular he elegido al cubo de Necker y la cronología es extraída de un artículo que escribió Diego Uribe y que tituló “El viaje del cubo” y en donde deja abierta una gran ventana para la especulación.

El cubo de Necker es una ilusión óptica descubierta por el cristalógrafo suizo Louis Albert Necker y de la cual deja constancia en una carta escrita el 24 de mayo de 1832 en donde señala lo curioso de la representación de formas de cristales. Esta representación consiste en una proyección bidimensional ortográfica (donde todas las líneas son paralelas) de un cubo. Al perder la perspectiva, la figura se hace lo suficientemente ambigua como para que la interpretación que el cerebro (y no el ojo) hace de ella sea cambiante: se puede ver un cubo 3D orientado de dos maneras distintas. ¿Solo de dos maneras distintas?

Diego Uribe, en su artículo, nos muestra un curioso aspecto de nuestro mundo: usando un espejo logra ‘crear’ la ilusión de haber rotado una figura en un espacio de una dimensión mayor que en la que se encuentra dicha figura. En otras palabras: una reflexión en 2D se hace equivalente a una rotación en 3D. Esto lo logra haciendo reflejar una letra q en un espejo y ‘transformarla’ en una d; algo imposible si se pretende hacer mediante giros del papel en donde se encuentra impresa la q (es decir en su misma dimensión).

Cuando tratamos con figuras 3D según Uribe nos muestra, pasa lo mismo que en el caso anterior; claro que aquí, se agrega una dificultad. Esta dificultad radica en que poner un cubo frente a un espejo, supone una rotación 4D. La figura muestra tal reflexión; pero esto representa la cuarta dimensión? Si hacemos que las aristas se transformen en barras y las caras se vuelvan transparentes, vemos que en el ‘viaje’ desde un cubo en donde la cara que está adelante se va hacia atrás hasta otro en donde sucede lo contrario, justo a mitad de camino, como podemos ver en la gráfica, nos encontramos con una figura imposible; un sin sentido espacio-temporal.

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Planilandia, una novela de muchas dimensiones

June 11, 2008 | Escrito por » Dante R. Salatino

Título original: Flatland, A Romance of Many Dimensions de Edwin Abbott Abbott.
Este libro de ciencia ficción publicado por primera vez en el Londres de 1884, desde sus pocas hojas impactó profundamente a la sociedad victoriana de aquel entonces. No era para menos. Provisto de un lenguaje sencillo (adquirido en sus prédicas anglicanas) Abbott esgrime su pluma contra la segregación social, el desprecio del papel social de la mujer y el extremismo ideológico, propios de la Inglaterra de fines del S. XIX. Otros aspectos de la obra incluyen, por un lado: lo científico cuando habla de las dimensiones y da pautas, a través de una ingeniosa analogía, para comprender la cuarta dimensión; tema este que debido a los trabajos de los matemáticos Lobachevsky, Gauss y Riemann, entre otros, sobre geometrías no Euclídeas y multidimensionales, había adquirido un particular interés dentro del ámbito académico-científico; y por otro lado: lo teológico al hablar de ciertas experiencias espirituales intensas.

El libro se divide en dos partes. La primera: ESTE MUNDO, habla sobre el mundo de dos dimensiones en el que transcurre la vida del protagonista: un cuadrado. El autor aquí hace una pormenorizada descripción de los habitantes que pueblan este mundo particular y cómo se desarrollan sus relaciones sociales. La segunda parte: OTROS MUNDOS nos relata, magistralmente, los viajes que el protagonista hace a un mundo de una dimensión menor y luego a uno de una dimensión mayor que el suyo y todas las alternativas que esto trae aparejadas en una sociedad bidimensional que promueve (con su rigidez formal y su crueldad) un dramático desenlace de la trama. Con una profunda sencillez, el relato de este director de escuela nos deja pertrechados para combatir contra el tirano más tirano de nuestra realidad: el tiempo; siendo en si misma, una historia perenne y nos enseña, con su sutileza, a mirar la realidad de otra manera. Déjese atrapar entre sus líneas; ¡vale la pena!.

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    ¿Estaba en lo cierto Platón?

    June 9, 2008 | Escrito por » Dante R. Salatino

    La realidad que nos rodea y que nos tiene por uno de sus innúmeros protagonistas, se despliega allá, ‘afuera’; pero también aquí, ‘adentro’, en lo profundo de nuestro ser y existe como una especie de vaivén misterioso que nos lleva a contemplar estas realidades como una única realidad pero donde, de cualquier forma, necesariamente debemos hacer comparecer infinitamente, la una ante la otra y viceversa. Para no complicar las cosas, analicemos por un instante la realidad externa a nosotros, la de todos los días; la de los objetos, las personas, los animales. Es asumido intuitivamente que todo esto e inclusive nosotros mismos, discurre por un mundo real de tres dimensiones (3D), aquellas que dan forma a nuestro espacio físico común. Sería considerado como un alienado aquel que osara contradecir esta fuerte evidencia; pero, qué ocurriría si esto fuera una mera ilusión?

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