POLISEMIA (I): Ese Fantasma

August 4, 2008 | Escrito por » Dante R. Salatino

Caminando una tarde cualquiera por las calles de la ciudad pasé frente a una de las tantas instituciones que existen en ella. Creo que había pasado …, en realidad no lo sé, pero seguramente, varias veces por el mismo lugar. Nunca nada llamó especialmente mi atención (debo reconocer que soy un poco distraído) pero esa última vez me detuve a mirar el cartel, hecho de un hermoso travertino (tengo cierta afinidad por esta piedra y creo que fue lo que me retuvo) y con una inscripción moldeada en bajo relieve que decía: “Hospital Privado de Nariz, Garganta y Oídos”. Luego de escrutar otros detalles arquitectónicos del anuncio (como los cuatro bulones de cabeza piramidal hechos de algún metal patinado) me puse a pensar en lo que trataba de decir.

Pese a que me sentía protegido por el sentido común, no pude reprimir el asomo de una sonrisa cuando trataba de imaginar cómo sería un hospital sordo, mudo y que no pudiera percibir los olores (aunque teniendo en cuenta nuestra realidad sanitaria actual, no se si la metáfora era tan descabellada).

Mis conciudadanos que vean la fotografía adjunta que tomé en aquella oportunidad, seguramente estarán haciendo memoria para tratar de ubicar geográficamente el lugar y quizás poder así recrear alguna vez la anécdota.

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El Valor de lo Simbólico

July 7, 2008 | Escrito por » Dante R. Salatino

Símbolo: un término polisémico que atraviesa vertical y horizontalmente la cultura humana de la mano con distintos aspectos del quehacer intelectual e impulsor de comportamientos a veces, no tan racionales. Desde los jeroglíficos egipcios hasta la tabla periódica de los elementos de Mendeleiev; desde el pez de bronce de los primeros cristianos hasta nuestra bandera, el símbolo abarca se podría decir, sin temor a equivocarnos demasiado, toda la gama de manifestaciones que nos ‘hace humanos’.

No obstante la enorme variedad de matices que se puedan albergar bajo el alero de un símbolo, todos tienen algo en común. Todos buscan escapar de las borrascosas aguas del olvido; de la lluvia implacable del tiempo que todo lo borra; pero, en cualquier caso todos también ‘representan’; representan pensamientos, altibajos morales, convenciones sociales, progresos, dogmatismos, creencias, soberbia intelectual, estrechez y necesidad, sabiduría y barbarie.

De todos los aspectos naturales mencionados y de los muchos que se escapan, tomaremos el único que los reúne a todos: la representación.

Se tiene la tendencia de pensar en una imagen que refleje alguna realidad cuando uno invoca el término representación y por ende el concepto de símbolo. Esta tendencia no tiene asidero y trataremos de fundamentarlo.

La palabra símbolo, en su acepción griega, deriva de un vocablo que significa juntar, unir o encontrar algo que permita un reconocimiento. Esta sucinta definición abre un pequeño resquicio por donde penetrar al corazón simbólico.

Admitir que un símbolo es solo lo que representa una realidad otra de la que estamos experimentando, es admitir ingenuamente que una imagen representada va más allá de los elementos que la constituyen, tomándola por ‘real’ por el único hecho de ‘parecerse’ a lo que intenta representar.

Esta adherencia a lo visual de la representación hace que no podamos ‘ver’ paradójicamente, lo que está más allá de la mera apariencia, y no pasa de ser una metáfora del espejo que se transforma en espejismo cuando nos acercamos a ella. Los símbolos son naturales en el hombre y no es algo que se ofrece desde fuera para que, en su aprehender, ‘registre’ una convención. El símbolo es parte de la unidad psíquica humana; es lo funcional complementario de lo que es aportado por los mismos datos sensoriales sean estos provenientes del entorno o desde nuestra biología, y que constituyen la estructura de la psiquis. En el aparato psíquico en el cual se fundamenta el conocimiento humano es donde lo simbólico cumple una función puesta al servicio de comprender el mundo que nos rodea, dándonos una enorme capacidad que excede y en mucho, nuestra sensibilidad o nuestra memoria. Esta capacidad simbólica que nos caracteriza como humanos se inicia con el pensamiento y se proyecta en nuestro lenguaje, permitiéndonos así dar tratamiento a todas las cosas y a todos los problemas que nos son inherentes, ya sean estos de índole místico, abstracto o práctico.
Este método de adaptación es patrimonio exclusivo del hombre y le da la posibilidad, no ya de valorar cuantitativamente una simple reacción como lo hace cualquier animal que responde a un signo cualquiera según un significado asociado sino, contemplar aspectos cualitativos que le dan una nueva dimensión a la realidad vivida. Las realidades inmediatas se transforman en ‘semióticamente reales’; las sensaciones se transforman en manifestaciones de sentido. Se distancian así, gracias al símbolo, las reacciones orgánicas propias de la animalidad de las respuestas puramente humanas.

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Del Discurso de la Normalidad al Discurso de la Complejidad

June 29, 2008 | Escrito por » Dante R. Salatino

Las reglas canónicas de nuestro discurso, por estar basadas en la nominación y en la identificación, imponen una rigidez palmaria al significado que le damos al mundo, cuando nos comunicamos en el día a día. Para poner en evidencia de que esto es así, basta y sobra con que reflexionemos brevemente en cómo “construimos” ese mundo en nuestro discurso. Nombramos los seres y las cosas para, clasificándolos, establecer sus relaciones y así ordenar lo que percibimos, pensamos y decimos. Esto y muy poco más es lo que nos deja hacer la ortodoxia lógica, fundamentalmente en nuestras lenguas indo-europeas llevadas hasta el hartazgo, durante el medioevo, por los caminos de la identidad escolástica, de la pecaminosa contradicción, y del siniestro tertium non datur (‘una tercera (cosa) no se da’) que supo de la normalización por Leibniz. (recordar que las lenguas indo-europeas incluyen 150 idiomas hablados por casi la mitad de la población mundial).

Es verdad que este ‘binarismo’ radical ha dado sus frutos y la confianza despertada en sus usuarios, le ha permitido gozar hasta hoy, de muy buena salud. Pero el costo de este ‘beneficio’ se me antoja en extremo oneroso, al tener que lidiar con una univocidad y homogeinización inextricables.

La falsa transparencia de los significados impuestos por el uso, no pueden evitar ‘colorear’ la realidad y de esta manera nos hemos ido alejando paulatinamente de lo complejo del mundo, por identificarlo con lo indiferente de lo unívoco, la ignorancia contradictoria y el desconocimiento de la mediación. En otras palabras, nos hemos alejado, y mucho, de lo ‘vivo’ de la realidad.

Nuestro discurso no ‘sabe’ nada sobre la complejidad del mundo, y nos dice prácticamente poco sobre él. Que todo ‘sea o no sea’ no puede ser una explicación coherente de por ejemplo: por qué la vida genera más vida, y por qué esa nueva vida, sin proponérselo, comienza su ‘decir’. Es evidente que todo es mucho más complejo que un simple dilema shakesperiano.

Hay quienes aventuran algunos indicios en el mero lenguaje discursivo que, transgrediendo las normas expresivas, ponen en evidencia una capacidad lingüística potencial para mostrar la verdadera realidad o por lo menos una mejor aproximación a ella. Me refiero al uso de antónimos o de paradojas que al ser sublimados, entre otros por el oxímoron, permiten expresar las más extravagantes antinomias mundanas.

Sinceramente creo que un oxímoron ‘no hace verano’. Es un hábil maquillaje de la retórica para que una expresión aparezca como una supuesta transgresión pero en el fondo nada cambia. Hasta los grandes escritores lo anuncian antes de usarlo (en el Aleph de Borges, por ejemplo: “Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada; había en su andar (si el oxímoron es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis”).

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